Ví en
el Aleph la tierra, ví mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían
visto ese objeto secreto y conjetural
cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el
inconcebible universo
Jorge Luis Borges
Lina y Ernesto se instalaron en el pueblo. Venían de Buenos Aires y compraron una casa en Cruz Chica. Era una pareja de edad incierta, entre 55 y 65 años. Los dos habían trabajado en el extranjero en multinacionales.
Se
habían conocido en Nueva York, ella era secretaria ejecutiva en una empresa y él
ingeniero industrial. Formaron pareja ya grandes, los dos con historias
anteriores, él con un divorcio en su haber y dos hijos.
Se
habían jubilado anticipadamente y eligieron
Cruz Chica porque era una manera de vivir con buena calidad de vida sin
gastar demasiado. En Buenos Aires les hubiera sido imposible. Vivían de rentas,
como tanta otra gente que llegaba al pueblo con historias de pasados
sorprendentes. Alquilaban o compraban casas, emprendían diferentes
proyectos, comercios, restaurants u otros
negocios. Algunas veces esos emprendimientos no progresaban y desaparecían de
la noche a la mañana dejando un tendal de deudas.
Ernesto
era un tipo campechano, cálido, le gustaba hacer cosas manuales en su casa, tenía
un taller de carpintería, pintaba, restauraba
muebles.
Ella
era diferente, muy controlada, incisiva,
más fría, observaba todo. A su alrededor se respiraba un aire misterioso.
Tiraba las cartas de los ángeles, predecía el futuro, veía el aura de las personas. Había estado en
comunidades trabajando con la energía. Estos
y otros aspectos de su vida encajaban perfectamente con la veta esotérica del
lugar.
No
se habían afincado en un pueblo chato de la provincia de Buenos Aires sino en
el lugar indicado: Capilla del Monte y
sus zonas aledañas, donde la energía,
los platos voladores, la ciudad de Erks con su portal a otra dimensión eran
temas corrientes de muchos de sus habitantes. Pero no de todos, entre los
cuales estábamos nosotros, abiertos a escuchar, con una curiosidad por esas
cosas que a veces nos resultaban hasta folklóricas y que se encontraban en la
frontera entre lo fantástico y lo posible.
Los
conocimos en una exposición de plantas que se organizó en el Hotel Fatlyf de La
Cumbre. Mi marido y yo concursamos con una rosa de nuestro jardín y sacamos el primer
premio. Se interesaron en esa variedad
de rosa y terminamos tomando un té y conversando sobre jardinería. Así comenzó
nuestra amistad.
Luego
de varios meses de conocerlos, nos invitaron a su casa a cenar. Quedamos en ir un viernes por la noche. Eran
tan solo cinco kilómetros entre los dos pueblos.
Emprendimos
el camino desde La Cumbre, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las sierras
.Se respiraba una calma detenida en todas las cosas mientras la camioneta iba
trepando el sendero hasta el portón de entrada de la casa.
Un
naranja que paso a paso daba lugar al rojizo pincelaba el horizonte, los aguiluchos planeaban lentamente antes del
anochecer. Bandadas de loros revoloteaban buscando el camino de regreso a las
araucarias que rodeaban el lugar y se escuchaban sus graznidos monocordes a lo
lejos.
Mientras
esperábamos que abrieran el portón para entrar el auto me sorprendió el ruido
de la acequia que corría por el borde
del terreno, otorgando una frescura y musicalidad
que contribuían a crear esa atmósfera de irrealidad casi paradisíaca. Lina
siempre decía que en los días nublados las nubes bajas entraban por la ventana y
cubrían la casa. Ahora entendía cuán enamorados estaban de ese lugar idílico, casi un portal a un mundo
mágico.
Ernesto
nos recibió con la calidez de siempre y nos mostró su taller de carpintería.
Recorrimos el jardín y la huerta donde producían gran parte de lo que comían. Y
cuando ya había oscurecido totalmente entramos a la casa. Allí nos esperaba
Lina.
El
interior de la casa se integraba perfectamente con el paisaje, con paredes
ocres y ambientes claros y despojados. El living tenía un gran ventanal y su casa estaba elevada, casi en la cima de una sierra.
La
cena fue exquisita, con buen vino y comida naturista. Cuando estábamos tomando
un café, aclararon que ellos no tenían televisión pero igual se deleitaban con
un espectáculo muy particular todas las noches y lo querían compartir con
nosotros.
Apagaron
todas las luces y quedamos solo iluminados por la luna y ese cielo plagado de
estrellas. Nos pidieron que miráramos las sierras que teníamos enfrente de la
casa.
La
claridad de la noche y la música suave de fondo contribuían a crear un clima
especial, donde no era necesario hablar. Estábamos hermanados en el silencio,
en la contemplación de ese paisaje natural.
De
pronto comenzamos a ver luces que surgían de las sierras, eran muchas y giraban
aquí y allá. Si uno no hubiera tenido la seguridad de que en esas sierras no había nada, ni
casas ni caminos, ya que estaban
deshabitadas, habría pensado que eran autos circulando.
Pasamos
una hora en un silencio absoluto, hasta que Martín, mi marido, con una voz
quebrada por el nerviosismo dijo: - ¡Suficiente, prendan la luz! El living
cobró vida nuevamente y volvimos a conectarnos con la realidad.
Lina
nos contó cómo habían descubierto esas luces mirando el anochecer. Y en una
catarata de anécdotas increíbles nos habló de unos amigos que vivían en Capilla
del Monte que también veían las luces, que eran de naves de seres que convivían
con nosotros en el mismo lugar pero en otra dimensión. Nos habló del portal a
la ciudad de Erks en los alrededores del cerro Uritorco, de viajes a otra dimensión, de la posibilidad
de comunicarse con esos seres. Con Martín no dábamos crédito a lo que
escuchábamos.
Terminado
el café, nos despedimos. Mientras regresábamos en el auto, mi marido, con su
habitual escepticismo, me comentó que cuando la luna ilumina las sierras, los
minerales de los cuales está compuesta la tierra despiden luces extrañas. Yo
permanecía callada en un estado de shock, como si hubiera emprendido un viaje
iniciático del cual no había retorno. .Ël no quiso hablar más del tema.
Luego
de cuatro años, volvimos a Buenos Aires. Lina y Ernesto ya habían partido dos años antes. Se fueron como
vinieron, eran solo aves de paso.
Vuelvo
al pueblo en vacaciones de verano todos los años pero nunca más quise pasar por
su casa. Las luces que vimos aquella noche permanecerán siempre conmigo como destellos de
algo inexplicable.
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