viernes, 13 de noviembre de 2015

El Portal

                                                               

                                         Ví en el Aleph la tierra, ví mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí    vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto  ese objeto secreto y conjetural cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo                     
                                                                    Jorge Luis Borges
Resultado de imagen para imagen de cielo estrellado

Lina y Ernesto se instalaron en el pueblo. Venían de Buenos Aires y compraron una casa en Cruz Chica. Era una pareja de edad incierta, entre 55 y 65 años. Los dos habían trabajado en el extranjero en multinacionales.
Se habían conocido en Nueva York, ella era secretaria ejecutiva en una empresa y él ingeniero industrial. Formaron pareja ya grandes, los dos con historias anteriores, él con un divorcio en su haber y dos hijos.

Se habían jubilado anticipadamente y eligieron  Cruz Chica porque era una manera de vivir con buena calidad de vida sin gastar demasiado. En Buenos Aires les hubiera sido imposible. Vivían de rentas, como tanta otra gente que llegaba al pueblo con historias de pasados sorprendentes. Alquilaban o compraban casas, emprendían diferentes proyectos,  comercios, restaurants u otros negocios. Algunas veces esos emprendimientos no progresaban y desaparecían de la noche a la mañana dejando un tendal de deudas.

Ernesto era un tipo campechano, cálido, le gustaba hacer cosas manuales en su casa, tenía un taller de carpintería, pintaba, restauraba  muebles. 
Ella era diferente,  muy controlada, incisiva, más fría, observaba todo. A su alrededor se respiraba un aire misterioso. Tiraba las cartas de los ángeles, predecía el futuro,  veía el aura de las personas. Había estado en comunidades trabajando con la energía.  Estos y otros aspectos de su vida encajaban perfectamente con la veta esotérica del lugar.

No se habían afincado en un pueblo chato de la provincia de Buenos Aires sino en el lugar indicado:  Capilla del Monte y sus zonas aledañas,  donde la energía, los platos voladores, la ciudad de Erks con su portal a otra dimensión eran temas corrientes de muchos de sus habitantes. Pero no de todos, entre los cuales estábamos nosotros, abiertos a escuchar, con una curiosidad por esas cosas que a veces nos resultaban hasta folklóricas y que se encontraban en la frontera entre lo fantástico y lo posible.

Los conocimos en una exposición de plantas que se organizó en el Hotel Fatlyf de La Cumbre. Mi marido y yo concursamos con una rosa de nuestro jardín y sacamos el primer premio.  Se interesaron en esa variedad de rosa y terminamos tomando un té y conversando sobre jardinería. Así comenzó nuestra amistad.

Luego de varios meses de conocerlos, nos invitaron a su casa a cenar.  Quedamos en ir un viernes por la noche. Eran tan solo cinco kilómetros entre los dos pueblos.

Emprendimos el camino desde La Cumbre, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las sierras .Se respiraba una calma detenida en todas las cosas mientras la camioneta iba trepando el sendero hasta el portón de entrada de la casa.

Un naranja que paso a paso daba lugar al rojizo pincelaba el horizonte,  los aguiluchos planeaban lentamente antes del anochecer. Bandadas de loros revoloteaban buscando el camino de regreso a las araucarias que rodeaban el lugar y se escuchaban sus graznidos monocordes a lo lejos.

Mientras esperábamos que abrieran el portón para entrar el auto me sorprendió el ruido de la acequia que corría  por el borde del terreno, otorgando una frescura y  musicalidad que contribuían a crear esa atmósfera de irrealidad casi paradisíaca. Lina siempre decía que en los días nublados las nubes bajas entraban por la ventana y cubrían la casa. Ahora entendía cuán enamorados estaban de ese  lugar idílico, casi un portal a un mundo mágico.

Ernesto nos recibió con la calidez de siempre y nos mostró su taller de carpintería. Recorrimos el jardín y la huerta donde producían gran parte de lo que comían. Y cuando ya había oscurecido totalmente entramos a la casa. Allí nos esperaba Lina.

El interior de la casa se integraba perfectamente con el paisaje, con paredes ocres y ambientes claros y despojados. El living tenía un gran ventanal  y su casa estaba elevada, casi en la cima de una sierra.

La cena fue exquisita, con buen vino y comida naturista. Cuando estábamos tomando un café, aclararon que ellos no tenían televisión pero igual se deleitaban con un espectáculo muy particular todas las noches y lo querían compartir con nosotros.

Apagaron todas las luces y quedamos solo iluminados por la luna y ese cielo plagado de estrellas. Nos pidieron que miráramos las sierras que teníamos enfrente de la casa.

La claridad de la noche y la música suave de fondo contribuían a crear un clima especial, donde no era necesario hablar. Estábamos hermanados en el silencio, en la contemplación de ese paisaje natural.

De pronto comenzamos a ver luces que surgían de las sierras, eran muchas y giraban aquí y allá. Si uno no hubiera tenido la seguridad de  que en esas sierras no había nada, ni casas  ni caminos, ya que estaban deshabitadas, habría pensado que eran autos circulando.

Pasamos una hora en un silencio absoluto, hasta que Martín, mi marido, con una voz quebrada por el nerviosismo dijo: - ¡Suficiente, prendan la luz! El living cobró vida nuevamente y volvimos a conectarnos con la realidad.

Lina nos contó cómo habían descubierto esas luces mirando el anochecer. Y en una catarata de anécdotas increíbles nos habló de unos amigos que vivían en Capilla del Monte que también veían las luces, que eran de naves de seres que convivían con nosotros en el mismo lugar pero en otra dimensión. Nos habló del portal a la ciudad de Erks en los alrededores del cerro Uritorco,  de viajes a otra dimensión, de la posibilidad de comunicarse con esos seres. Con Martín no dábamos crédito a lo que escuchábamos.

Terminado el café, nos despedimos. Mientras regresábamos en el auto, mi marido, con su habitual escepticismo, me comentó que cuando la luna ilumina las sierras, los minerales de los cuales está compuesta la tierra despiden luces extrañas. Yo permanecía callada en un estado de shock, como si hubiera emprendido un viaje iniciático del cual no había retorno. .Ël no quiso hablar más del tema.

Luego de cuatro años, volvimos a Buenos Aires. Lina y Ernesto ya  habían partido dos años antes. Se fueron como vinieron, eran solo aves de paso.  

Vuelvo al pueblo en vacaciones de verano todos los años pero nunca más quise pasar por su casa. Las luces que vimos aquella noche  permanecerán siempre conmigo como destellos de algo inexplicable.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario