viernes, 13 de noviembre de 2015

Carnaval de recuerdos






La hora de la siesta era la más linda del día. El sol adormecía el aire, aquietaba  el viento, paralizaba el mundo. Mis viejos se iban a dormir o se quedaban en el jardín tomando sol y nosotros, que nos habíamos acostado tarde la noche anterior y a duras penas nos levantábamos para almorzar, empezábamos a recuperar energías. A veces nos reuníamos en la esquina de casa. Los chicos comenzaban a llegar de a poco. Nada nos apuraba. A esa edad nos creíamos inmortales  y lo único que importaba era el presente.
Eramos una banda. A veces diez, otras quince o veinte. Porteños, cordobeses, rosarinos. Unidos por el deseo de  aventura, por descubrir nuevas sensaciones. Los planes se armaban en el momento o quizás el día anterior. Si el tiempo era bueno, íbamos a bañarnos a un río. Lo divertido no era el balneario, buscábamos ollas escondidas, perdidas en la inmensidad de las sierras, donde el lecho del río se adentraba en la espesura de la vegetación, serpenteando en medio de helechos serrucho y rocas gigantescas.
Cada uno colaboraba con algo: una gaseosa, fiambre y pan para armar sándwiches, fruta. La heladera con hielo era indispensable. Toallones, lonas. Los chicos se turnaban para cargar las cosas y nosotras caminábamos livianas con nuestras mochlilas; una bikini de repuesto, un toallón, una lona para las más prolijas y el famoso sapolan ferrini o aceite de coco, para freirnos al sol.  La capa de ozono no existía y éramos felices con nuestros bronceados color Caribe Aunque a veces nos pelábamos varias veces en el mes y terminábamos nuevamente blancas a pesar de los esfuerzos.
Ese día partimos al río, hacia una olla llamada el baño de los dioses. Unos amigos habían acampado  allí y los íbamos a visitar. Por suerte conseguimos autos: el valiant de mi viejo, el peugeot 504 del padre de uno de los chicos y un mehari de otro de mis amigos. El viaje fue muy divertido, todos queríamos ir en el mehari para sentir el viento sobre la cara, ir tomando sol y llenándonos de tierra, con la música a todo volumen. Después de media hora de viaje llegamos al lugar donde dejamos los autos.  La parte más pesada comenzaba. Bajamos todas las cosas, hasta la guitarra que siempre era infaltable.
Trepábamos la sierra como cabritas, en fila india, agarrándonos de cuanta rama encontrábamos en nuestro camino para ayudarnos a subir; cada  tanto alguien se resbalaba con el ripio o se llevaba por delante un espinillo y gritaba porque se le había clavado en el brazo.  El sendero a veces se volvía demasiado escarpado y teníamos que cruzar el río hacia la otra orilla. Algunas veces veíamos una falsa coral tomando sol en una roca o una lagartija  que se perdía subrepticiamente en la espesura. Las chicas gritábamos como locas y los varones corrían a socorrernos.
Alguno tiraba piedras al río para ver cómo se dispersaban las mojarritas que había en los bajos. Si pisábamos mal una piedra, perdíamos el equilibrio y nos mojábamos las zapatillas o perdíamos una hojota. Todo era motivo para reírnos o cargar al que se levantaba del agua empapado.
Después de dos horas de caminata finalmente llegamos al famoso baño de los dioses,  Los chicos habían acampado esa mañana y ya se estaban bañando en el río. Dejamos nuestras cosas. Los varones corrieron a zambullirse. El juego de las tiradas y piruetas en el agua comenzó. Había una roca muy alta  y se tiraban desde allí de cabeza, Juani e Ignacio eran los únicos que se animaban a la mortal.  Caían desde dos metros a la olla y con el impacto nos salpicaban mientras tomábamos sol. Las chicas nos metíamos de a poco, primero los pies, luego nos sentábamos en la orilla y por último nos animábamos a nadar. Algunas trataban de no mojarse el pelo para que no se les arruinara el lacio que habían conseguido después de horas de secador. Pero indefectiblemente los chicos nos mojaban y se armaban las batallas de agua. Era como un rito que se repetía en cada excursión, con el mismo comienzo y el mismo final.
María de golpe pegó un grito, una boga enorme le rozó el pie y se asustó. Salió del agua y no quiso meterse más. Se murió de calor todo el resto del día. Era la primera vez que venía a la sierra y no estaba acostumbrada a los ríos cordobeses. Prefería las piletas con agua clorada y sin peces. Ya se acostumbraría en un tiempo más al contacto con la naturaleza.
Cuando el sol comenzó a bajar fuimos saliendo. Llegó el mate con los criollitos, la guitarreada infaltable. Algunas zambas, temas de Sui Generis, de todo un poco. El cielo se había puesto muy negro, unos nubarrones amenazaban a lo lejos. Se levantó viento. Nos teníamos que ir cuanto antes. Emprendimos la vuelta hacia los autos lo más rápido posible. Ya había empezado a llover, cada vez con mayor intensidad.
Quisimos cruzar el río para la otra orilla. Nos costó un montón, había crecido muchísimo. Logramos llegar a los autos. La carpa de los chicos se la había llevado la corriente con todas sus cosas. No lo podíamos creer.  Los lugareños dicen que no hay que acampar en el lecho del río porque es peligroso por la “crece” pero como de costumbre Pablo y Matías no habían hecho caso. Los tuvimos que llevar hasta el pueblo. Iibamos muertos de risa después del susto que habíamos pasado. La adrenalina nos había despertado nuevamente y ya no estábamos cansados.
Empezamos a jugar picadas por el camino de vuelta, Teníamos las ventanillas abiertas y la tierra entraba por todos lados. Los que iban en el Mehari se estaban empapando íntegros.
De repente el valiant tocó una piedra enorme y empezamos a perder aceite. Se había roto el carter. Uno de los chicos, Juani, nos dio para mascar chicle, hicimos una gran pelota y se la pegó al carter. Así logramos llegar al pueblo.


Eran las ocho de la noche de un día de pleno verano. Nadie sospecharía que hacía sólo diez minutos había parado de llover. Recién caía el sol, espectacular, ocultándose tras las sierras. Los aguiluchos revoloteaban sin rumbo, planeando en lo alto, perdiéndose en horizontes infinitos.  Mañana sería otro día de aventuras. Había que volver a casa, planificar el asado con guitarreada para la noche y después a “bolichear”. Así eran mis vacaciones en las sierras, cuando la vida era un carnaval de ilusiones.


Este cuento fue publicado en 2013 en la Revista de la Junta Histórica de la localidad de La Cumbre, Córdoba

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