La hora de la siesta era la más linda del día. El sol
adormecía el aire, aquietaba el viento,
paralizaba el mundo. Mis viejos se iban a dormir o se quedaban en el jardín
tomando sol y nosotros, que nos habíamos acostado tarde la noche anterior y a
duras penas nos levantábamos para almorzar, empezábamos a recuperar energías. A
veces nos reuníamos en la esquina de casa. Los chicos comenzaban a llegar de a
poco. Nada nos apuraba. A esa edad nos creíamos inmortales y lo único que importaba era el presente.
Eramos una banda. A veces diez, otras quince o veinte.
Porteños, cordobeses, rosarinos. Unidos por el deseo de aventura, por descubrir nuevas sensaciones.
Los planes se armaban en el momento o quizás el día anterior. Si el tiempo era
bueno, íbamos a bañarnos a un río. Lo divertido no era el balneario, buscábamos
ollas escondidas, perdidas en la inmensidad de las sierras, donde el lecho del
río se adentraba en la espesura de la vegetación, serpenteando en medio de
helechos serrucho y rocas gigantescas.
Cada uno colaboraba con algo: una gaseosa, fiambre y pan para
armar sándwiches, fruta. La heladera con hielo era indispensable. Toallones,
lonas. Los chicos se turnaban para cargar las cosas y nosotras caminábamos
livianas con nuestras mochlilas; una bikini de repuesto, un toallón, una lona
para las más prolijas y el famoso sapolan ferrini o aceite de coco, para
freirnos al sol. La capa de ozono no existía
y éramos felices con nuestros bronceados color Caribe Aunque a veces nos
pelábamos varias veces en el mes y terminábamos nuevamente blancas a pesar de
los esfuerzos.
Ese día partimos al río, hacia una olla llamada el baño de
los dioses. Unos amigos habían acampado
allí y los íbamos a visitar. Por suerte conseguimos autos: el valiant de
mi viejo, el peugeot 504 del padre de uno de los chicos y un mehari de otro de
mis amigos. El viaje fue muy divertido, todos queríamos ir en el mehari para
sentir el viento sobre la cara, ir tomando sol y llenándonos de tierra, con la
música a todo volumen. Después de media hora de viaje llegamos al lugar donde
dejamos los autos. La parte más pesada
comenzaba. Bajamos todas las cosas, hasta la guitarra que siempre era infaltable.
Trepábamos la sierra como cabritas, en fila india,
agarrándonos de cuanta rama encontrábamos en nuestro camino para ayudarnos a
subir; cada tanto alguien se resbalaba
con el ripio o se llevaba por delante un espinillo y gritaba porque se le había
clavado en el brazo. El sendero a veces
se volvía demasiado escarpado y teníamos que cruzar el río hacia la otra
orilla. Algunas veces veíamos una falsa coral tomando sol en una roca o una
lagartija que se perdía subrepticiamente
en la espesura. Las chicas gritábamos como locas y los varones corrían a
socorrernos.
Alguno tiraba piedras al río para ver cómo se dispersaban las
mojarritas que había en los bajos. Si pisábamos mal una piedra, perdíamos el
equilibrio y nos mojábamos las zapatillas o perdíamos una hojota. Todo era
motivo para reírnos o cargar al que se levantaba del agua empapado.
Después de dos horas de caminata finalmente llegamos al
famoso baño de los dioses, Los chicos
habían acampado esa mañana y ya se estaban bañando en el río. Dejamos nuestras
cosas. Los varones corrieron a zambullirse. El juego de las tiradas y piruetas
en el agua comenzó. Había una roca muy alta
y se tiraban desde allí de cabeza, Juani e Ignacio eran los únicos que
se animaban a la mortal. Caían desde dos
metros a la olla y con el impacto nos salpicaban mientras tomábamos sol. Las
chicas nos metíamos de a poco, primero los pies, luego nos sentábamos en la
orilla y por último nos animábamos a nadar. Algunas trataban de no mojarse el
pelo para que no se les arruinara el lacio que habían conseguido después de
horas de secador. Pero indefectiblemente los chicos nos mojaban y se armaban
las batallas de agua. Era como un rito que se repetía en cada excursión, con el
mismo comienzo y el mismo final.
María de golpe pegó un grito, una boga enorme le rozó el pie
y se asustó. Salió del agua y no quiso meterse más. Se murió de calor todo el
resto del día. Era la primera vez que venía a la sierra y no estaba
acostumbrada a los ríos cordobeses. Prefería las piletas con agua clorada y sin
peces. Ya se acostumbraría en un tiempo más al contacto con la naturaleza.
Cuando el sol comenzó a bajar fuimos saliendo. Llegó el mate
con los criollitos, la guitarreada infaltable. Algunas zambas, temas de Sui
Generis, de todo un poco. El cielo se había puesto muy negro, unos nubarrones
amenazaban a lo lejos. Se levantó viento. Nos teníamos que ir cuanto antes.
Emprendimos la vuelta hacia los autos lo más rápido posible. Ya había empezado
a llover, cada vez con mayor intensidad.
Quisimos cruzar el río para la otra orilla. Nos costó un
montón, había crecido muchísimo. Logramos llegar a los autos. La carpa de los
chicos se la había llevado la corriente con todas sus cosas. No lo podíamos
creer. Los lugareños dicen que no hay
que acampar en el lecho del río porque es peligroso por la “crece” pero como de
costumbre Pablo y Matías no habían hecho caso. Los tuvimos que llevar hasta el
pueblo. Iibamos muertos de risa después del susto que habíamos pasado. La
adrenalina nos había despertado nuevamente y ya no estábamos cansados.
Empezamos a jugar picadas por el camino de vuelta, Teníamos las
ventanillas abiertas y la tierra entraba por todos lados. Los que iban en el
Mehari se estaban empapando íntegros.
De repente el valiant tocó una piedra enorme y empezamos a
perder aceite. Se había roto el carter. Uno de los chicos, Juani, nos dio para
mascar chicle, hicimos una gran pelota y se la pegó al carter. Así logramos
llegar al pueblo.
Eran las ocho de la noche de un día de pleno verano. Nadie
sospecharía que hacía sólo diez minutos había parado de llover. Recién caía el
sol, espectacular, ocultándose tras las sierras. Los aguiluchos revoloteaban
sin rumbo, planeando en lo alto, perdiéndose en horizontes infinitos. Mañana sería otro día de aventuras. Había que
volver a casa, planificar el asado con guitarreada para la noche y después a
“bolichear”. Así eran mis vacaciones en las sierras, cuando la vida era un
carnaval de ilusiones.
Este cuento fue publicado en 2013 en la Revista de la Junta Histórica de la localidad de La Cumbre, Córdoba